-¿Puedes contar los años que tuvieron que transcurrir para que Tomas aceptara pasar página, para que lograra olvidarte? No había un solo rincón de Berlín por el que camináramos por la noche en el que no me hablara de un recuerdo vuestro que le evocaban la entrada de un café, un banco de un parque, una mesa en una taberna, las orillas de un canal. ¿Sabes acaso cuántas mujeres conoció en vano, cuántas mujeres trataron de amarlo y se toparon unas veces con tu perfume, otras con el eco de tus palabras estúpidas que le hacían reir?
> Tuve que saberlo todo de ti: la suavidad de tu piel, tu humor por la mañana, que a él le parecía tan encantador sin que yo entendiera por qué, lo que tomabas para desayunar, la manera que tenías de recogerte el pelo, de maquillarte los ojos, la ropa que más te gustaba, el lado de la cama en el que dormías. Tuve que escuchar mil veces las piezas que aprendías en tus clases de piano de los Miércoles, porque, con el alma destrozada, Tomas seguía tocándolas, semana tras semana, año tras año. Tuve que mirar todos esos dibujos que hacías con acuarelas o a lápiz, esos estúpidos animales cuyos nombres Tomas conocía. ¿Ante cuántos escaparates lo habré visto pararse porque tal o cual vestido te habría sentado bien, porque te habría gustado tal o cual cuadro, tal o cual ramo de flores? ¿Y cuántas otras veces me habré preguntado qué habías podido hacerle para que te añorara hasta ese punto?
> Y cuando por fin empezaba a estar mejor, temía que pudiéramos cruzarnos con una silueta que se te pareciera, un fantasma que le habría hecho desandar todo el camino andado. Fue largo el camino hacia esa otra libertad. ¿Querías saber por qué te he mentido? Espero que ahora hayas comprendido la respuesta...



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