martes, 18 de mayo de 2010

Ceda el paso.

''Las cosas no suceden porque sí.''
-Tomas ha surgido en ese retrato que se parecía a él como un fantasma, una sombra que me marchara en paz, que podía casarme sin pensar ya más en él, sin nostalgia. Era una señal.
Anthony carraspeó.
-¡Pero si no era más que un retrato a carboncillo! Si lanzo mi servilleta, que alcance o no a darle al paragüero de la entrada no cambiará nada. Que la última gota de vino caiga o no en la copa de esa mujer que está junto a nosotros no hará que antes de que concluya el año se case con el tontorrón con el que está cenando. No me mires como si fuera un extraterrestre, si ese imbécil no le hablara tan alto a su novia para impresionarla, no habría oído su conversación desde el principio de la cena.
-¡Dices eso porque nunca has creído en las señales de la vida! ¡Porque siempre necesitas controlarlo todo!
-Las señales no existen Julia. He lanzado mil hojas de papel arrugado a la papelera de mi despacho, seguro de que, si encestaba, mi deseo se cumpliría; ¡pero la llamada que esperaba no llegaba nunca! Llegué incluso a decirme que tenía que encestar tres o cuatro veces seguidas para merecer la recompensa; tras dos años de práctica encarnizada, era capaz de encestar un taco de hojas una tras otra en pleno centro de una papelera colocada a diez metros de distancia, y la llamada seguía sin llegar. Una noche, tres clientes importantes me acompañaron a una cena de negocios. Mientras uno de mis socios se esforzaba por enumerarles todos los países en los que teníamos filiales implantadas, yo buscaba aqel en el que debía de estar la mujer a la que esperaba; me imaginaba las calles que recorría al slir de su casa todas las mañanas. Al marcharnos del restaurante, uno de ellos, un chino, y no me preguntes su nombre, por favor, me contó una leyenda preciosa. Según parece, si uno salta en medio de un charco en el que se refleja la luna llena, su espíritu te lleva de inmediato junto a las personas a las que añoras. Tendrías que haber visto la cara que puso mi socio cuando salté con ambos pies en el arroyo. Mi cliente estaba calado hasta los huesos, le chorreaba hasta el sombrero. En lugar de pedirle discupas, ¡le reproché que su truco no funcionaba! La mujer a la que yo esperaba no había aparecido. Así que no me hables de esas señales estúpidas a las que uno se aferra cuando ha perdido toda razón para creer en Dios...

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